lunes, 9 de marzo de 2009

Presentación del libro Crónicas de Naufragios

De la lectura amena de Mena
Antes que nada, quiero agradecer al Tecnológico de Monterrey y al Ing. Alonso Mena la invitación a participar en este ciclo de pláticas sobre lectura.
Cuando me hicieron la invitación para participar en una serie de pláticas con el fin de motivar a los jóvenes a la lectura, me pareció una proposición muy retadora. Tengo más de 25 años como profesor y al iniciar un curso siempre me digo “si logro que tan sólo un alumno lea un libro, me doy por bien servido.” A veces obtengo resultados mayores y otras, la mayoría, me conformo con que lean los apuntes del semestre.
Según estudios de la UNAM, en México, el 40% de las personas mayores de quince años no leyó ningún libro en un año; el 14% sólo leyó uno; otro 13%, dos; 18%, de tres a cinco; 8%, de seis a diez, y 7%, más de diez. Esto nos lleva a un analfabetismo potencial delicado.
Pero, ¿por qué tanta preocupación por leer? Si el primer homo sapiens data de casi 2 millones de años y la invención de la escritura apareció tan sólo poco más de 5 mil años, quiere decir que la humanidad vivió tranquilamente más de un millón y medio de años sin leer.
Sin embargo, con la invención de la escritura, el avance y desarrollo de la humanidad se disparó vertiginosamente. Esto significa, que de no promover la lectura, nos convertiremos en idiotas, incapaces de interpretar al mundo, borregos de los intereses de algunos cuantos.

Además de propiciar el desarrollo social, la lectura tiene varias funciones:
Primero, es un espejo. Gracias a la maravilla de la lectura podemos vernos reflejados en los personajes y explicarnos nuestra propia existencia. Después de leer El Extranjero de Camus, o Metamorfosis de Kafka, uno entiende nuestra propia soledad y se cuestiona la existencia. Alguien se atrevió y logró poner en su voz lo que nosotros pensábamos y no sabíamos como decirlo. Palabras que nunca nos habíamos atrevido a decir en público, las podemos leer y producir en nosotros una catarsis liberadora. Recuerdo cuando leí entre adultos la poesía “Canonicemos a las putas” de Jaime Sabines:
Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables.
¡Y después de decirlo, no me lavaron la boca con jabón! ¡Tampoco me enviaron a la cama sin cenar! Y me repetía para mis adentros “LO DIJE, LO DIJE!!!! DIJE PUTA EN FRENTE DE ADULTOS!!! Maldita palabra que traía atragantada en el cogote y por fin salió.
Una segunda función de la lectura es explicarnos nuestra cultura, nuestra historia, nuestras raíces. Todavía me doblo de risa cada vez que recuerdo mi lectura de “Los Pasos de López” de Jorge Ibargüengoitia y ver la otra cara de Miguel Hidalgo. Ibargüengoitia sacó al Hidalgo acartonado de los libros de texto de primaria, para convertirlo en un personaje de carne y hueso, real, simpático y, sobre todo, pecador.
Y que decir de Pedro Páramo de Juan Rulfo. No ha habido nadie que explique como él nuestros conceptos de la vida y la muerte, principio y fin del ser humano. Un México violento, tanto en sus relaciones de amor, desamor, hombre-mujer, machista y femenino (no feminista, hago la aclaración) se encuentra en las páginas de Pedro Páramo.
Gracias a la lectura de Carlos Fuentes, personalmente me siento orgulloso de mi mexicanidad, no de ese nacionalismo ramplón y puritano que se inclina ante la bandera, pero que niega sus pasados indígenas, españoles, árabes, orientales, mediterráneos, que se mezclan maravillosamente en esto que llamamos México, con todas sus virtudes y defectos
Una tercera función es conocer al otro, al diferente, al distinto; a ese que nunca seremos y que muchas veces negamos, ninguneamos, desacreditamos. La literatura nos permite acercarnos a la mujer, al homosexual, al pobre, al rico. Gracias a la lectura podemos entender lo que llevamos arrastrando por una educación malformadora. Y aquí quiero dejar claro que por entender no me refiero a ese sentido mercantilista del mundo contemporáneo. No, la literatura va más allá del simple “ tolerar” al diferente. La literatura va más en el sentido cristiano de “amar” al distinto.
Gracias a Ibsen y a Lorca podemos conocer a fondo el mundo de la mujer, sin pancartas feministas ni santificación de vírgenes. Gracias a Puig y a Donoso nos acercamos al mundo del homosexual y del trasvesti; con “Los Hijos de Sánchez”, Oscar Lewis nos presenta el mundo de la pobreza que queremos negar y cerramos los ojos ante la realidad. Y que decir del mundo erótico de Vargas Llosa en Elogio a la Madrastra y en Los cuadernos de Don Rigoberto; o el mundo del odio y el rencor de Oscar Wilde en De Profundis.
Me imagino que en estos momentos, Alonso Mena ya ha de estar pensando “A lo que te truje Chencho” y habla de mi libro.
¿Cómo cumple el libro Crónicas de Naufragios estas tres funciones?
La primera, aquella que nos permite reflejarnos y tener una catarsis, Mena lo logra maravillosamente y usa esas palabras prohibidas del lenguaje. Moco, cagar, semen, masturbación, mierda, salen del anonimato, se quitan la mascara y se presentan tal y como son: producto de nuestras perversiones, sueños y deseos. Ahí están, aunque no pronunciemos su nombre.
En segundo lugar, Mena retrata en sus relatos al nuevo mexicano, más cosmopolita, que ve más hacia fuera que hacia el propio país. El nuevo mexicano, alejado de las propuestas postrevolucionarias, que ve el problema de la dictadura porfirista y de la lucha armada como simples datos históricos que sucedieron alguna vez en un México lejano, es moderno, urbano, alejado del mundo rural idílico. En México ya no hay Pedros Infantes ni Jorges Negretes; ahora están Gael García Bernal y Diego Luna. Dos tipos de Cuidado cedieron su lugar a Rudo y Cursi. Esta es la nueva generación que ha dejado atrás los problemas de la tierra y del campo, para preocuparse por un pequeño espacio que llaman departamento. La lucha ahora no es por el arado y el azadón, la lucha ahora es por la ecología, la belleza, el placer. El realismo ha llegado para desplazar al idealismo.
Por último, y aquí está posiblemente el gran valor de la obra de Mena. Crónica de Naufragios nos acerca al desconocido, a ese nuevo mexicano incomprensible para los que pasamos de los 50´s. Gracias a Crónica de Naufragios he logrado entender a ese joven de antros, sexo y lenguaje indescifrable.
Pertenezco a una generación en que los estudiantes nos reuníamos en una casa y si el presupuesto lo permitía había algunas cervezas, cigarros y posiblemente algunos cacahuates. El espacio y la panza se llenaba con palabras y discusiones sin principio ni fin. Éramos criticados por nuestros padres como soñadores, inútiles, charrapastrosos que nos negábamos a cortarnos el pelo y a abandonar los pantalones de mezclilla que a gritos pedían una lavadora.
El joven de hoy vive el mundo del individualismo. Con la caída del muro de Berlín también se desmoronaron los antiguos conceptos de familia, educación, grupo, nación e individuo.
Esta nueva generación busca la fuente de la eterna juventud, del músculo y de la evasión de la realidad que le es adversa. Una realidad demandante, imposible de alcanzar, donde ahora todo es producto de consumo: Desde la libertad hasta el sexo tiene precio y se tiene que pagar por ello.
El cáncer es algo más que una enfermedad incurable: Es un producto comercial que se vende en pulseras y dijes. Lo mismo sucede con la paz, el homosexualismo, las drogas. La buena suerte se viste ahora de Feng Shui. Los adultos aliviamos la conciencia de los jóvenes poniéndoles moños y listones de color para distintas ocasiones y protestas y con eso nos llenamos los bolsillos de dinero. Esto es lo nuevo, todo está en la venta, hasta la conciencia.
También, esta nueva generación, indescifrable para mí, tiene un nuevo lenguaje. Con el celular ha surgido ese sistema de comunicación que los adultos, los viejos, no logramos entender. ¿Qué significa “K-R-I-D-O? Querido, estúpido,¿qué no sabes leer?. ¿xq? Pues, por qué. Y ¿K significa qué? En fin nueva generación, nuevo lenguaje. Mis padres se quejaban de mis “que onda” “Chido” (ahora es cool), “Neta” y “Bato”. Por eso ahora me tengo que tragar las K olímpicamente.
Además, esta nueva generación se enfrenta a un sinnúmero de decisiones que en ocasiones les impide discernir entre una cosa y otra. Ahora el antro debe de estar presente todos los fines de semana y ahí empiezan los problemas. Tienen que decidir no solamente si van o no van al antro: ¿Qué me pongo? ¿los calzones Calvin Klein o los Armani? ¿Loción Hugo Boss? ¿Pantalón Levis o Benetton?. Y eso sólo es el principio. Tienen que definir a CUAL antro ir. Una vez adentro no es solamente una cerveza lo que está en el menú. ¿Light? ¿Cero alcohol? ¿En Michelada?. O prefieren un güisqui ¿etiqueta negra, roja, azul? ¿Con agua, en las rocas? ¿O mejor la botella?
A estas alturas, el joven ya ha agotado su mente entre tantas decisiones que tomar. ¿Para que batallar ante la pregunta “¿quieres tener sexo conmigo esta noche?”?
Al igual que la nueva generación, en la obra de Alonso Mena, el gran protagonista es el Yo; el Otro no existe, es un objeto más, como el celular o el iPod, que se usa un momento y se deja a un lado. El Otro es sólo un objeto más en la vida del joven contemporáneo. Las relaciones de amistad se definen en función de su utilidad. Buscan al Otro no para crear un Nosotros, si no para esconder la terrible soledad en que se encuentran. No importa quien es la compañía, basta tomar el celular y marcar el sinnúmero de contactos que hay en el directorio. Se llama al primero y, si no puede al segundo, al tercero… uno ha de pegar. Y si no se consigue a nadie, no importa, en el antro siempre habrá otro solitario y conseguir una amistad para toda la vida, que de preferencia no durare más de cuatro horas, pero eso sí, con un nuevo número en el directorio del teléfono. Eso es ser post-modernista.
Gracias Alonso, por enfrentarse a ese mundo desconocido y, hasta antes de leerte, incomprensible para mí.
Ahora les toca a ustedes, adentrarse a este mundo, en el que les aseguro, se verán retratados ustedes y su cultura; entenderán al otro como un ser humano tan igual y tan diferente a ustedes mismos.

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