Hoy celebramos el cumpleaños 85 de mi madre. Está mujer, Bertha, como muchas otras que hay en el mundo, se casó a los 16 años y junto con mi padre procreó y educó 10 hijos. En la fotografía hay un lugar vacío; es el lugar de mi padre, Daniel, sin el cual ninguno de nosotros estaría en la foto, cómodamente, platicando de política o de la crisis económica. Es tan fácil hablar de crisis, política y negocios, con una cerveza en la mano y con la panza llena.
Eso lo podemos hacer gracias a Daniel y Bertha. Ninguno de los dos tuvo algo especial; eran gente sencilla y común. Su vida fue como la de tantos mexicanos. Originarios de un pequeño pueblo de Chihuahua (Rosales), sus estudios apenas llegaron al sexto grado.
Tampoco eran grandes viajeros. Mi padre apenas llegó a cruzar el río Bravo para ir con el doctor y al sur no conoció más allá de la ciudad de México. Mi madre, una vez que murió mi padre, pudimos llevarla a conocer Estados Unidos y Europa. Con tan poca educación, en mi casa nunca faltaron los libros. Recuerdo que constantemente llegaban a mi casa enciclopedias, libros de historia, verdaderos tesoros que aún conservo. Ninguno de los dos era un intelectual, sus conversaciones eran simples, sencillas y con órdenes claras y simples. “Come” no había ninguna explicación extra, ni sermones de nutrición, balance alimenticio, o cosas parecidas. “Estudia” punto. Eso era todo lo que había que saber de la vida, no había razones, sólo intuiciones. Mi madre creía que había que comer verduras, pues las comíamos. Mi padre quería que tuviéramos una vida distinta a la de él, pues habría que estudiar. Nuca oí un reclamo del costo de las colegiaturas o de los libros. Posiblemente no había para vacaciones o para la fiesta de 15 años; tampoco podíamos pensar en tener carro para cada uno (había sólo uno para todos). No podíamos pensar en las mejores vacaciones, pero sí en la mejor escuela. No planeábamos nuestras fiestas de cumpleaños, pero si nuestra vida.
Sé que pasaron momentos económicos difíciles, pero nunca los discutieron frente a nosotros. Mi padre no era cariñoso, pero siempre se despedía de nosotros con un beso. Y mi madre siempre ahí, empujando, pidiendo, exigiendo; siempre ha querido más, no con el fin de acumular, si no con el fin de ser mejores.
Tengo muchos recuerdos. Tal vez sólo han quedado los buenos, los agradables. Es un hecho que hubo (y hay) cosas que no me gustaban de mis padres, pero han dejado un buen sabor de boca. No puedo olvidar los preparativos de Navidad. Hacer tamales era toda una aventura en la que participábamos todos; a veces a regañadientes, pero todos metíamos mano a la masa. También recuerdo cuando había membrillos era ponernos todos bajo las órdenes de mi madre. Órdenes que no se discutían, se cumplían.
En más de una ocasión me he preguntado de donde a mis padres les venía la sabiduría para educar a 10 hijos. Ninguno de los dos asistieron a una escuela para Padres. Nos educaban más con el corazón que con la razón.
Cuando me tocó el turno de continuar mis estudios profesionales y decidirme ir a Monterrey, mi padre me dio un consejo que aún se los digo a mis alumnos. “Debes de estudiar no para ganar dinero, sino para ser alguien en la vida”. Parece un consejo sencillo, pero para mi padre el dinero no significaba “ser alguien en la vida”. Ser alguien era algo más que tener una posición económica desahogada. Ser alguien era ser feliz. Y gracias a ellos lo soy.
Gracias Daniel y Bertha por enseñarme a ser feliz. Dios los bendiga a ustedes y a las generaciones que han dejado.
Hoy en el cumpleaños 85 de mi madre, sólo había una silla vacía, no sé mañana.
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