Hay cosas que se me escapan de la memoria y me gustaría recobrarlas; pero por más esfuerzos que hago no logro recuperarlas. Por ejemplo, no recuerdo la primera vez que me rasuré, tampoco recuerdo quién me enseñó a usar un rastrillo; es más, no sé si use una máquina eléctrica, una navaja o con que instrumento logré quitarme los primeros pelillos que salieron de mi bigote. He estado pensando seriamente entrar a hipnosis para ver si por este medio regresan a mi memoria consciente esos momentos trascendentales en la vida de todo hombre (Feministas del mundo, no se preocupen, cuando utilizo el concepto hombre me refiero al género masculino, no al género humano, despreocúpense).
Otro momento que no puedo recordar es la primera vez que voté en algunas elecciones. Cumplí mis 18 en 1974, lo cual significa que las primeras elecciones presidenciales en las que pude haber participado fue cuando López Portillo, en 1978 fue candidato único a la presidencia de la República. No creo haber estado muy motivado ir a entregar mi voto ante el viejo sistema priísta.
Las primeras elecciones que recuerdo fueron las de 1986, cuando contendieron Francisco Barrio (PAN) y Fernando Baeza (PRI) por la gobernatura de Chihuahua. Por primera vez se veía la posibilidad de que el PRI perdiera un estado. Me tocó ver como los mítines empezaban a tomar fuerza; ver las plazas llenas por un partido que no era el PRI era una novedad. Fueron las primeras elecciones donde la participación ciudadana salió libremente a las calles a gritar “no somos acarreados”.
Después de las elecciones, en las que salió triunfador Fernando Baeza, me tocó ver la toma de puentes fronterizos, la huelga de don Luis H. Álvarez. Por primera vez en México se veía una razón al voto, a las elecciones. Aún cuando no me participé directamente en este proceso, si me tocó observar el cambio social que produjeron estas elecciones.
En 1988 llegaron las elecciones presidenciales. La contienda entre Carlos Salinas de Gortari y Cuauhtémoc Cárdenas abría la posibilidad de que hubiera alternancia en el poder del ejecutivo nacional. Pero en aquella época, el control total y directo que tenia el gobierno sobre las elecciones hicieron imposible esta alternancia. La participación ciudadana, y por lo tanto la mía, se limitaba a la emisión del voto.
En 1990, con la creación del Instituto Federal Electoral se logró la participación activa de los ciudadanos. El cuidado, conteo y administración de los comicios pertenecía a los ciudadanos. Además, se abría la posibilidad de participar indirectamente como observador ciudadano. Todo un cambio en el sistema electoral mexicano. En las primeras elecciones organizadas por el IFE no fui elegido como funcionario. Me conformé con ir a votar.
Para las elecciones del 98 no dude en inscribirme como observador. Fue una experiencia increíble y surrealista como todo lo que pasa en México. Puntualmente llegué y me presente a la casilla que me tocó observar. No pasó nada fuera de la ley, pero ver a los funcionarios de casilla, así como a los representantes de los distintos partidos merecía todo un análisis.
La representante del PRI conocía perfectamente el funcionamiento de la colonia; conocía a todos los votantes, sabía de sus necesidades y de promesas que probablemente les había hecho anteriormente: “Doña Fulanita, ya estoy viendo lo de su problema”. “Sutanito, ¿ya está todo bien ?”. También sabía quién había ido a votar y quién no: “No ha venido Perenganito, ¿alguien lo ha visto?” Perenganito no tardaba en presentarse a votar.
El representante del PAN, un joven que parecía recién egresado de alguna universidad, sólo estaba esperando que algo ilegal sucediera; no conocía ni al sistema que hay detrás de unas elecciones ni a los votantes.
Había una representante más, creo que era del PT, que no se movió ni habló en todo el proceso: Llegó, se sentó, firmó las actas y se fue. En ocasiones dudé de que estuviera viva o que fuera algún personaje del museo de cera.
A la mitad de la jornada, una mujer con ojos de desesperación llegó y pregunto si había algún observador ciudadano. Inmediatamente levanté la mano y me dice “Soy la representante del PRD, me tocaron muchas casillas, te encargo que me digas si pasa algo aquí”. Como llegó desapareció y no la volví a ver.
Posteriormente, en las elecciones federales de 2009, un partido político me pidió que fuera su representante. Aún cuando no pertenezco a ningún partido, me interesaba conocer los efectos de la compaña que se había desatado para anular el voto. Acepté la invitación. La crónica de estas elecciones ya las publiqué en este Blog.
Finalmente llegaron las elecciones estatales de 2010. Salí electo como presidente de casilla y después de una breve (muy breve) capacitación llegó el 4 de julio.
Qué pasó ese día merece otra crónica. Por lo pronto, ésta es la historia, hasta el momento, de mi participación en comicios.
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