Esta es una deuda que tenía con mis alumnos de la ULSA Chihuahua hace tiempo. En octubre de 2008 tuve la suerte de hacer un viaje a Santiago de Chile con siete alumnos de la universidad para asistir a un congreso de Comunicación Organizacional. Debo ser sincero, iba más a fuerzas que con ganas. Le había prometido a una de mis mejores alumnas que los acompañaría, y lo prometido es deuda. Fui.
Ya había tenido varias experiencias de llevar a jóvenes de viaje. La verdad es que no fueron buenas experiencias. Batallar para levantarlos, acostarlos, cuidar que no bebieran alcohol, estar atento a que no se me perdiera uno, oír sus quejas y chipilonerías, no me era atractivo.
Pero ahí va el idiota de Mario, arriba de un avión rumbo a Santiago de Chile con un grupo de jóvenes. Esta equivocado; terriblemente equivocado. Me tocó convivir con siete seres humanos fuera de serie, que me enseñaron lo que es el compañerismo, el respeto, el orden y la felicidad. Nunca vi a un grupo de jóvenes disfrutando tanto. Nunca se quejaron, disfrutaban cada momento como si fuera el último. Abrían los ojos azorados ante cualquier novedad, por simple que pareciera.
Cuando iban de compras, siempre pensaban en el hermano, en el amigo, en la novia, en el padre. Después compraron algo para ellos, pero siempre fue primero el otro. Como no voy agradecerles a estos jóvenes el haber comido un delicioso cangrejo en el mercado de Santiago. El cangrejo sabía a gloria, pero la compañía ERA la gloria.
Nos dejaron entrar al Palacio de la Moneda, aún cuando estaba cerrado. Pero ¿quién le iba negar la entrada a esos ojo de gato triste que pedían que los dejaran conocer donde había muerto Salvador Allende? Una sonrisa abre mil puertas, y los muchachos supieron utilizar esa sonrisa que les abrió puertas y corazones.
Nunca tuve que hablarles para levantarlos. A la hora señalada ya estaban desayunando. Tampoco tuve que corretearlos para que se nos fuéramos al hotel, ni rogarles que estuvieran a tiempo en las conferencias. Ahí estaban, unos medio dormidos, otros medio despiertos, pero presentes con una sonrisa que acababa con cualquier problema.
Lo mejor fue en Valparaíso y Viña del Mar. En la playa, con un mar frío que calaba los huesos, los muchachos se metieron al agua. No importaba el frío, no importaba mojarse la ropa, lo importante era ser felices. Me senté tranquilamente a observarlos y pedí perdón a Dios si alguna vez dude que la felicidad existiera. Ahí estaba presente, y multiplicada por siete. La presencia de Dios se sentía en cada uno de estos jóvenes que me enseñaron que todavía se podía disfrutar de la vida sin alcohol, drogas ni sexo. Que maravilla.
El guía de turistas que nos daba el recorrido por Viña del Mar y Valparaíso me pedía que nos fuéramos, pues no íbamos a alcanzar a ver todo. Pero, ¿a quién le importa un museo o una casa vieja o la historia de un general que ganó mil batallas cuando la felicidad de disfrutar al amigo se sobrepone a cualquier cuadro o monumento?
Hace tiempo había perdido la fe en los jóvenes; sentía que mi lucha por educarlos era inútil, que este mundo individualista y consumista me estaba ganando la batalla. Que equivocado estaba. Me dieron una enorme lección y me permitieron volverme a sentir joven.
Me tome con ellos unos piscos chilenos y dijimos salud cantando canciones mexicanas en un barrio de Santiago.
Les sigo dando clases a estos jóvenes y espero cada tercer día como niño que espera la Navidad. Sé que me voy a encontrar con ellos, con sus sonrisas, con sus deseos de aprender, de conocer, de vivir.
Hubo algunos que no pudieron acompañarnos en el viaje. Se quedaron aquí en Chihuahua, pero iban en nuestros corazones y compartieron con nosotros la deliciosa comida chilena, los increíbles paseos por el mar, los piscos con los que brindamos a las dos de la mañana en un bar cantando karaoke.
Cuando regresamos, al llegar al aeropuerto de Chihuahua, una madre de familia me dijo que si había llegado cansado y si ya quería deshacerme de los muchachos. ¡Jamás! Fue una experiencia increíble, que me devolvió la fe en estas nuevas generaciones que lograrán lo que nosotros no pudimos hacer. Por supuesto que repetiría la experiencia; con jóvenes como éstos voy a donde sea.
Gaby, Marcela, Jazmín, Borre, Liliana, Pamela, Georgina, gracias, muchas gracias.