Nuevamente me ha llegado una invitación a una marcha por la paz. Una más que constantemente se realiza en todas las ciudades de México. No tengo nada contra de las marchas pro paz; al cotrario creo que son beneficiosas ya que elevan la moral de la ciudadanía y uno siente que ya se aportó un granito de arena para solucionar el problema de violencia que sufrimos en nuestra comunidad.
Sin embargo, también creo que se han convertido en marchas donde el mensaje se distorsiona y su efecto es poco. En ocasiones, estas marchas se convierten en purgas de conciencia y tiene el mismo resultado que los regalos y colectas que hacemos en Navidad para los niños desamparados. Una vez, platicando con la Madre Reynoso (quién dirigió hasta su muerte la Granja Hogar para Niños, aquí en Chihuahua) me dijo que el comportamiento humano era extraño. Durante todo el año, recibía pocos donativos para sostener a los más de cien hijos que tenía (siempre decía MIS HIJOS, nunca MIS HÉRFANOS o MIS NIÑOS). Sin embargo, en Navidad le llovían las ayudas de dulces, regalos y piñatas. Parece que la gente cree que sólo en Navidad se tiene el derecho a ser feliz y a comer.
Por eso yo me preguntó ¿qué significan estás marchas por la paz? ¿Simples lavados de conciencia? O bien, ¿qué pedimos en estas marchas? ¿Paz para los otros o déjenos en paz? La paz no se pide, se da. La paz no es un derecho, es una obligación. Cuando platico con mis alumnos, su preocupación es que sus padres ya no los dejan salir tan tarde; que no pueden irse de antro y llegar a la hora que se les antoje; que ya no pueden tomar en el carro porque los soldados andan cerca. En resumen, buscamos que nos dejen en paz, para poder nosotros ser violentos.
Las marchas por la paz deben de ser a diario. Cuando me levanto y voy al trabajo, debo hacer una marcha por la paz; cuando llego a comer a casa, debo hacer una marcha por la paz; cuando doy mis clases, debo hacerlo marchando por la paz; cuando entro al cine, debo de dar paz; todo movimiento, acción o conducta debe ser una marcha por la paz, por la tolerancia, por el otro. No podemos exigir paz, cuando somos incapaces de dar paz.
En otra conversación con la Madre Reynoso (siempre fue un placer hablar con ella, bastaban tres palabras para sentirse uno en paz) me decía que el ser humano hace leyes y leyes y más leyes y el mundo seguía igual, cuando Cristo nos dejó tan solo dos mandamientos que si los cumpliéramos al pie de la letra no se necesitarían más leyes que nadie cumple. Jesús lo dejó bien claro: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Nada más sencillo, nada más cierto.
Si tan sólo cumpliéramos estos dos preceptos no necesitaríamos hacer marchas y manifestaciones. Aprendamos a dar paz, no a pedirla; aprendamos a dar amor, no a pedirlo; aprendamos a dar comprensión, no a pedirla. Cuando logremos entender al otro, cuando respetemos al vecino, cuando comprendamos al diferente, entonces tendremos paz. Entonces, y sólo entonces, podremos decir “LA PAZ SEA CONTIGO”.
miércoles, 1 de abril de 2009
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